sábado, noviembre 13, 2010

daniel montoly - poeta y blusero - montecristy - república dominicana - reside en estados unidos de américa

























LA CANCIÓN DEL TRASPATIO


Se estiró, efigie perezosa
de extremo a extremo
ocupando la cara mendiga.
Brizna a brizna
fueron saliendo sus notas profanas,
como perfumes envainados
en cacerolas de mármol.
Echaron sus torsos a la lengua,
se dieron al amor de la saliva.
En los zaguanes entumecidos
de la dentadura hubo un canto,
una brisa letal del esófago:
puente sin cobijo entre la idea y la sombra.
Notas suspendidas a contrapunto,
soplo pretérito, espina musical
prolongada, que incesante,
se multiplica en la boda del misterio.
Sus notas viajan tibias, invisibles,
se condensan como incienso
de imágenes retóricas.
Murmura lo que no dice,
cae del cosmos narrado a la débil
cintura de la realidad cruda.
Hay una canción maloliente
por coser en las axilas
de todo hombre sastre,
para que la cante otro
una vez que la haya visto brotar
del esófago.



Inquilino urbano

En los últimos recodos urbanos
todo parece diciembre:
se quiebra el sexo del alba,
y las tardes se agigantan
escaneando los ojos miedosos
de los árboles callejeros.
Los transeúntes acorralan
sus ánimos con cigarrillos
caóticos, tras los muros
abarrotados con dolores
de matices crudos y muertos.
La luna voluptuosa exhuma
su savia aviesa: alcohol
para las junglas del cemento,
y los pobres murciélagos
hacen de parabrisas
en los cristales de la noche.
Es viernes: los sueños
se alargan como lágrimas
sin pasamontañas de vergüenza,
y con dos piernas nocturnas
en las esquinas melancólicas
alquilan sus sonrisas ya enfermas.
Recojo mi aliento triste,
el frío reluciente avanza
por mis médulas,
arqueo mi rostro cansado,
y duermo en los titulares de los periódicos
como un eco débil y solitario.



Noche de magia en el subway

Acostó su silencio anciano en una esquina
y su voz sin carne
fue formando canciones con el puño;
con sus soledades embriagadas
hizo danzas ancestrales
para turistas piadosos, ávidos por misterios
que les hablaran del cosmos.
Se adentró en otras latitudes,
trajo un cuervo con alas de turquesas,
una culebra etérea como la bruma
enrollada entre sus brazos.
Movió sus labios a dos cuadras
y la brisa sensitiva, olorosa a humo,
formó una jauría pornográfica de rumores
en torno a su débil figura misteriosa.
Se levantó de la sombra,
recogió un puñado de monedas bicéfalas
en un sombrero con fondo de inconforme,
sonrió y se dejó tragar por una nube emplumada
que circulaba con gruesos colores urbanos
en medio de la noche estrellada.




"Le Bilboquet"
A Boris Vian


Me duele aquí... en el alma misma,
en ella traigo sus gritos
negros con labios de trompeta
con nudillos de hierro sonoro
como truenos zigzagueantes.
¡Bañad mi espíritu
con la sacra iniciación!
¡daros a beber del agua de su música!
¡Desnudad mi dermis
de cuanto no necesito
para ser de ustedes!.
¡Ungidme con sus dolores!
Calzad mis huellas con sus misterios,
daros un nuevo nombre
para ser alegre,
sintiendo los días como noches
tras los blancos cortinajes
del crepúsculo.
Que al morir, las notas del Jazz
escupan mi tumba.
¡Bailad sobre mis huesos tibios!
¡Sacad lo mejor de mí
y arrojadlo al río Mississippi
para que mañana nazcan
de mi ser las partituras,
y sean mis cenizas continuidad
de la alegría.
¡Bailad! ¡baila todas las noches
que el Jazz se ha hecho mi destino.
¿Y el cielo?... !Oh el cielo!
Ahora piso el cielo en Saint-Germain-des-Pré.


La neurosis de Dylan Thomas

... La vieron, la barca subterránea
ahogada por los chirridos
de los pájaros sórdidos
de Alfred Hitchcock
alzarse con el cuerpo inerte
de Dylan Thomas
hasta su gruta. Adentrarse
en el hondo ostracismo
sin dejar rastros visibles
en la superficie oleaginosa
como impulsada
por la boca mágica de un duende
que abre río torbellinos
en plenas rocas neurológicas.
La vieron dejar una estela
del vestido grisáceo
enganchado en los incrédulos
traficantes de cordura.
Moverse en círculos,
danzar desnuda
igual a una serpiente líquida.
Y el pobre rostro quijotesco,
la enajenada voz de Dylan Thomas
se adhería pávida a sus risas
como un liquen, como el ala
a un murciélago azufroso.
La vieron, vieron su ígnea boca...
porque la neurosis
es consistente a las neuronas.
Se ve, se huele y se mastica.
La vieron, ya no lo digan
que resucita de entre los muertos.



La belle époque

Los caballos dopados con morfina
rozaban con sus crines
la seda de los muslos
de las prostitutas rumanas.
Los gangsters
con sus ametralladoras Tommis
decoraban con arreglos florales
las calles de Chicago
y Marilin, -Sweet Marilín-
silueta desnuda,
mostraba al mundo
como las proletarias
enloquecían a los políticos.
Y en aquel Sur,
feudo de George Wallace,
cada mañana traía al mundo
sus tristes frutos
y las baladas de Nat King Cole
sin regocijo lo celebraban
mientras en los casinos
el jazz olía a muerte,
y la sentencia de un juez a racismo.

Daniel Montoly © 2005




Daniel Montoly (Montecristi, República Dominicana, 1968) estudiante de la carrera de derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Fue finalista en el concurso de poesía Latin Poets for Humanity, ganador del concurso de poesía de la revista Niedenrgasse y del "Editor's Choice Award" de The Internacional Poets Society. Ha publicado en el Primer Volumen de Colección Sensibilidades (España, Alternativa Editorial), Maestros desconocidos de la poesía contemporánea hispanoamericana (USA, Ediciones El Salvaje Refinado), Antología de jóvenes poetas latinoamericanos (Uruguay, Abrace Editores) y en Jóvenes poetas cantan a la paz (Sydney, Australia, Casa Latinoamericana). El Verbo Decenrrejado (Apostrophes Ediciones, Santiago de Chile) Antología de Nueva Poesía Hispanoamericana (Editorial Lord Byron, Lima, Perú) y en la antología norteamericana: A Generation Defining Itself- In Our Onw Words (AMW Enterprises, North Carolina). Algunos de sus poemas han sido traducidos al portugués, inglés y alemán. Colabora activamente con diversas publicaciones literarias y dirige el blog The Wrong Side, dedicado a la difusión de la literatura hispanoamericana.
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