domingo, noviembre 08, 2009

maría gabriela abeal - poeta de la voluptuosidad - buenos aires - mar del plata - argentina



























Tríptico


I

Me inclino llena de frescura.
¡Aquí me tienes!
de rodillas
esclava de tu asta.

Castiga sin piedad
a la flor roja,
a estos labios
que desean
el filo de tu lanza.


II

No habrá piedad
para el fuego de tu cuerpo.
Te lo dice,
la reina de la llama.
Arderás
condenado a mis deseos,
hasta que tu vida
se derrame en agua blanca.


III

Te impongo
los pechos en la boca,
para que sientas
el sabor de mis beatas.

Para que el delirio
te borre la conciencia
y me muerdas
de placer hasta el cansancio.




Rosada carne

No existe otra primavera
que no sea
la que entre las cobijas nace.
Los capullos se abren con caricias.
La tibieza se enciende en las pupilas
y en la incandescencia enmarañada del catre.

El corazón desenfrenado lucha,
mientras la fusta exige enarbolarse,
agitado, pelo al viento, sin montura
para llegar al recoveco penetrable.

¡Gloria a tu sublime gallardía!
No había existencia sin tu tacto.
Legión de soldados sin fronteras
son tus dedos
cuando juegan al combate

Juro ante el patrono de la lucha,
no negarle jamás el néctar a tu carne.
Tampoco me prives de tus jugos.
No habrá invierno sobre el lecho,
ni la muerte del amor en nuestras ansias.




Nereida

Ya no soy la sirena que te espera,
en la orilla de las costas donde anclas.
La que canta en tono tormentoso,
añorando que regreses a mis aguas.

Ya no soy la que oculta los deseos,
en la espuma de la cresta de las olas.
La que zurce los versos excitados,
para luego volverlos caracolas.

Ya no soy ese rictus de nostalgia,
suplicando ser humana y no nereida.
Me bebí la energía de los mares,
ahora un pulpo en mis sales se aparea.



Acaríciame

Arrullame los sentidos en tus brazos. Que despierten a mis oídos tus susurros. Y los vidrios empañados del invierno, se conviertan en espejos del delirio.
Silénciame los sonidos de la calle. Quiero ser el eco de tu arrojo.
Que la luna sea lumbre en las afueras. En la alcoba hechicera del instinto.
Tu boca que encandile a mi inocencia y asuste de una vez al equilibrio.
Beberé hasta saciarme de tus pliegues. Dejaré que mueras dentro mío.




Sobre las sábanas rojas

I

Aquí estoy, otra vez sobre la nada, esperando que llegue la bestia de algún cielo enrojecido de donde haya sido desterrado.
Me expongo sobre la cama, como guitarra criolla, porque quiero que la curva te llame sobrexcitada con su dedo imaginario.
Entonces tenso mis cuerdas y la melodía brota, intento que sus acordes sean algo insinuantes por si estás a pocos metros llegues hasta mis senos con apetito voraz, famélico de lujuria.
Ahora quedo de espaldas, arqueada espero tu flecha, sentir la tensión de la carne y el embestir de tus venas. Quiero ser el reptil que te ciña sin reparo, que te deje sin aliento solo con el poder de engendrarme los orgasmos.


II

Abrazados nuestros cuerpos no se distingue al macho, está metido en la hembra derritiendo sus entrañas. Hay fuego en las paredes, las puertas no tienen llave, los gemidos son el eco que invitan al forastero a querer pasar el rato.
El desenfreno se inicia sin pronunciar palabra, hay agujeros negros que desean ser cubiertos de lo obsceno y osado. Todos parecen pulpos en un mar desvergonzado, el sudor embriaga al tiempo y los pliegues se refriegan al ritmo del paralelo hasta quedar agotados.


III

Desnudame la memoria, penetrame la conciencia, háceme esclava del tiempo, de tu sangre enardecida, de los siglos de experiencia.
Robame las pertenencias, secuestrame entre tus brazos, volvé locos a mis pliegues que pierdan su independencia y encuentren la libertad cuando los dejes sin vida bañados en tu simiente.
No te vayas de puntilla, no dejes que me reponga, grita que viene guerra, incita a la pereza a que quiera dominarte a fuerza de cabalgar mientras se trenzan las lenguas.



IV

Bajo la ducha caliente lavamos nuestros pecados, bendecimos las bocas y juramos con los dedos que volverá a repetirse esta escena en otro cuarto. No nos importan las críticas, tampoco morir juzgados, la carne quiere caricias y los huesos friccionarse hasta quedar desvastados.
Nos vestimos de cordura para salir a la calle, pero hace ya mucho tiempo enterramos la prudencia en las macetas del patio.




Crónicas de una mujer pequeña I


Despojada de ataduras festejo el natalicio de tu llegada a la tierra.
Sobre mi piel se despliegan globos multicolores que le indican a tus ojos en qué guarida es la fiesta.
Habrá torta de burbujas, bizcochuelo de sorpresas, alfajores de suspiros, masitas de tentación y bolsitas con relojes que anuncien la exaltación y destierren las saetas.
Las velas se encenderán desde el baño hasta la pieza, para que apagues despacio y pidas los tres deseos a la caja de Pandora que entre mi cuello y las sienes, sobreexcitada se encuentra.



Crónicas de una mujer pequeña II


Sobre la nada volábamos como ángeles perdidos, buscábamos finas hierbas mientras nos dibujábamos promesas en el ombligo.
Yo te contaba historias, vos seguías el eco y cuando no lo esperaba rodeabas mi independencia hundiéndome en tus besos.
Jugábamos a inventar un planeta sin tiempo, jardines llenos de ideas, praderas cubiertas de sueños.
Yo comía de tu mano como si fueras mi dueño, no había nada más bello que mirarnos a los ojos y descubrir sin hablar que lo nuestro era eterno.
El cielo era de azúcar, las nubes de caramelo, la luna se hamacaba rendida y embelezada por la actitud optimista del sol en su monasterio.
Me escribías palabras, luego eran sonetos, danzaba entre los puntos y cuando había una coma me detenía al instante y te colmaba de verbos.
Rojo para los labios, negro para el misterio, verde en las ventanas, el naranja y el violeta para la cama extendida sobre el suelo del altillo.
Molíamos el café para atraer los recuerdos, lo bebíamos despacio colisionando las bocas y entrelazando los dedos.
Si el timbre llegaba a sonar se fragmentaba el hechizo, por eso no había luz y en todos nuestros rincones velas multicolores nos mantenían despiertos.
A la hora de bañarnos recreábamos la danza que emocionaba al lucero, yo te secaba la cara, vos los pies y tiernamente los senos. Luego venía el viento y de un solo soplido a oscuras dejaba la casa, entonces como dos niños enredábamos las lenguas para jugar a la mancha y acariciarnos el cuerpo.

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